Los seriéfilos discutimos mucho sobre los finales en las series de televisión, tanto como si nos fuera la vida en ello, pero no sobre los inicios. Podemos organizar una bronca mundial sobre el final de “Perdidos”, de “House” o, lo hablamos ayer, de los “Los Soprano”, pero es difícil que el capítulo inicial levante siquiera la mitad de polvareda que el último capítulo. Es normal. En su recorrido, una buena serie va ganando seguidores que finalmente confluirán escrutando cada fotograma de su última entrega para dictaminar que ha tocado el cielo o ha sido una decepción. Lo importante en una serie no es, entonces, despedirse defraudando o no las expectativas creadas, sino crecer creando expectativas, interés, seguidores.
“Hermanos”, la última serie
estrenada por Telecinco para la noche de los martes, debería tener esto en
cuenta. Si se conforma con un planteamiento inicial flojito, da igual que
tengan pensado rematarlo con un final descomunal porque no interesará llegar
allí para verlo. Y si el aliciente está en que se ve mucho y bien a los
protagonistas, siendo el guión solo un pretexto más o menos resultón para poder
suspirar todo el rato admirando con detalle los requeteguapos que son, pues
también.
En su estreno, “Hermanos” dedicó
todo el primer episodio a crear una única carambola, un giro argumental en el
que tras hora y media de preparativos cada pieza fue ocupando lentamente su
lugar. Es cierto que la espera no fue en vano porque finalmente los
acontecimientos, y con ellos el padre de los dos guapos, se precipitaron, pero
aquello se hizo largo y pesado. Tal vez los guionistas también tengan pensado
un gran final para la serie completa en el que todo confluirá magistralmente y
los hilos de la trama quedarán maravillosamente anudados, pero, vistas las
expectativas creadas, que no cuenten conmigo para unirme ni al bando de los
admirados ni de los defraudados, porque para entonces estaré durmiendo muerto
de aburrimiento por la larga espera.
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