(Advertencia previa: esta columna sólo va a poder ser comprendida por aquellos lectores que superen los cuarenta y pico años de edad.)
¿Se acuerdan, queridos amigos, de una colección de la Editorial Bruguera llamada Historias Selección que devorábamos cuando éramos niños? Quizá el nombre de la colección no les diga nada, pero seguro que van a caer en la cuenta si les cuento que eran aquellos libros con novelas de aventuras clásicas -Verne, Salgari, Stevenson- en cuyas páginas pares aparecía el texto de la historia, y enfrente, en las páginas impares, aparecía un cómic que resumía lo que se narraba en la página anterior. ¿A que ahora sí se acuerdan? “Moby Dick”, “Aventuras de un soldado de Napoleón”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”. ¿Y qué hacíamos todos, absolutamente todos los críos? Pues, obviamente, leíamos únicamente las páginas impares, las que contenían viñetas; y saltábamos de impar a impar pudiendo leer “La cabaña del tío Tom” en menos tiempo del que tardaba Gloria Fuertes en leer alguno de sus deslumbrantes poemas.

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