
Vale, de acuerdo, "El Número Uno" es una birria solemne, pero al menos no tenemos que soportar que el 95% de las canciones interpretadas se apunten al rollo latino-flamenquito-adolescente. Es cierto, "El Número Uno" es un
talent show al uso destinado a entronar entre fanfarrias imperiales a futuros juguetes rotos que se deshincharán cinco milisegundos después de la gala final de esta temporada, pero al menos no hemos tenido que soportar unos
castings dedicados el 80% de su tiempo a reírse de frikis y tarados que se presentaban a las pruebas. No negaré que a priori la lista de miembros del jurado de "El Número Uno" daba más miedo que el
Sindicato de Enemigos de Batman, pero me zampé la gala inicial de principio a fin y disfruté como un animal de no ver ni un milisegundo a
Risto Mejide, de que no apareciera ni en un
frame el careto de
Ángel Llácer, de que
Nina no estuviera presente ni en forma de palimpsesto. Cierto es que la mayoría de los arreglos de las canciones fueron efectistas, facilones y grandilocuentes, e incluso se cometió un atropello sanguinario del "Redemption songs" de
Bob Marley que hubiera avergonzado a
Luis Cobos, pero, qué carajo, también se pudieron escuchar "Moonriver", dos o tres temazos de
Whitney Houston cantados con profesionalidad, "Here comes the sun" de
Harrison, cosas de
Adele y algún tema de los
Beatles que no suele salir en las recopilaciones.
Y sobre todo, sobre todos los todos, cualquier escrúpulo delicado respecto a "El Número Uno" quedó eclipsado por el incontestable notición de que su primera gala le pegó un monumental repaso en audiencia a ese guiñapo terminal que ya es
Mercedes Milá y su estercolero ambulante. Una vez más, -las victorias que últimamente consigue
Susanna Grisso contra
Ana Rosa merecerán una próxima columna aparte-, una Antena 3 ciertamente entretenida bate a una Telecinco que enseña el culo y pide que le toquen las tetas.
Little darling, the smiles returning to their faces. Little darling, I feel that ice is slowly melting.
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