
La estética de falso documental, el truco de la cámara al hombro, la sensación de estar viendo algo que en verdad está pasando son recursos ya conocidos que no pueden sostener más allá de un par de capítulos una trama a veces decididamente cargante. Soy de los que he cogido manía al presentador de televisión Emmet Cole, desaparecido en el Amazonas y que es el motor de “The river”, por pesado, por palizas, por su discurso mágico-patafísico, por su desquiciada egolatría y porque está empeñado en convertir la selva en el reverso tenebroso de “Avatar”. Espíritus, sucesos paranormales, posesiones y maldiciones están bien durante un ratito, pero en exceso son veneno. Si la magia es un fenómeno parasitario de la religión, la magia del Amazonas que busca Emmet Cole es un fenómeno parasitario de un guión con posibilidades. Religión, magia y medicina convivieron con cierta armonía en la antigüedad, pero la apuesta de “The river” por una convivencia entre religión, magia y medicina (Lincoln, el hijo de Emmet, es médico) se queda antigua en el segundo o tercer capítulo.
Soy de los que, por culpa de “Big Bang”, piensan en Howard Wolowitz al ver un cohete espacial. Pero “The river” no ha conseguido que el río Ulanga de “La reina de África” se llene de espíritus y maldiciones. Emmet Cole y el “Magus” tienen mucho que aprender de Charlie Allnut y “La reina de África”.
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