Mi medalla de oro favorita de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue la que ganaron aquellas chicas completamente desconocidas en hockey femenino, porque esa medalla de oro fue tan emocionante como ver al sombrío inspector de Hacienda de “¡Qué bello es vivir!” unirse a la causa de James Stewart. Pero uno de los mejores momentos de “Barcelona 92. Donde todo empezó” es la narración de Kiko de su gol a Polonia, que significó otra medalla de oro para España. “¡Pita el final! ¡Pita el final! Sabrá Dios cuándo voy a ganar yo algo, que estoy en el Cádiz”, le decía Kiko al árbitro mexicano. ¿No pedimos también a Capra, cada vez que vemos “¡Qué bello es vivir!”, que pite el final? ¿No somos todos jugadores del Cádiz en este mundo sometido a las reglas de juego dictadas por los mercados? Capra pita el final de su película en el momento adecuado, justo antes de que podamos ver al horrible señor Potter saliéndose con la suya y convirtiendo de una vez a la entrañable Bedford Falls en la fea Potterville.
El capitalismo no está dirigido por tipos como James Stewart, sino por tiparracos que se parecen mucho al señor Potter. Los tiparracos de Standard & Poor´s saben lo que pasa después de que el árbitro pite el final del partido en “¡Qué bello es vivir!”, pero jamás disfrutarán del gol de Kiko en Barcelona 92 ni de la enorme sonrisa de James Stewart. Que se jodan.
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