
Si Sean Connery volvió a meterse en el elegante traje de James Bond y se atrevió a ponerse un peluquín después de lucir una calva majestuosa en “El hombre que pudo reinar”, “El viento y el león” y “Robin y Marian”, entonces puede que Buenafuente fiche por Intereconomía, que el Stan de “Padre made in USA” abandone la CIA y se convierta en un peligroso liberal, que Ana Blanco se rice el pelo o que cada capítulo de la serie “Falling Skies” (TNT) no deje en el paladar del espectador un gusto a decepción. Puede que Steven Spielberg, productor de “Falling Skies”, necesite lo contrario de lo que le hizo falta a Sean Connery para que decidiera protagonizar “Nunca digas nunca jamás”. Menos dinero. Decía el gran Ray Harrihausen que la fantasía debía tener la apariencia de un sueño, porque si la fantasía parece real estás matando su esencia. El esfuerzo por dar realismo a las previsibles tribulaciones postapocalípticas de ese profesor de historia metido a guerrillero está matando la esencia de lo que debería ser una fantástica serie de ciencia-ficción. Estoy casi decidido a no ver el capítulo 3 de “Falling Skies”, pero creo que terminaré por ponerme el peluquín.
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