
A un vampiro se le puede combatir con ajos, crucifijos o la luz del sol. Con los tipos como Rubén Bertomeu que, al igual que Tony Soprano, no entienden de ética pero sí tienen normas, no sirven los ajos, ni los crucifijos, ni la luz del sol, ni las leyes, ni la familia, ni nada de nada. Los vampiros de “Crematorio” adoptan la forma de abogados sin escrúpulos, concejales cutres, matones de libro, rusos mafiosos, niñatas pijas y constructores que cambian los naranjos por los ladrillos. Sin embargo, cuando el vampiro Rubén Bertomeu habla, hasta parece que es humano y que le interesa algo más que transformar la costa mediterránea en un tanatorio. Se podría describir a Bertomeu con las mismas palabras que utiliza Homero para referirse a Ulises: “Así dijo, y parecieron verdades aquellas mentiras”. Este vampiro encorbatado, este Ulises del ladrillo, este mentiroso que dice verdades como puños, este miserable constructor cuyo pecado original es creer que la tierra se construye como se construye una herramienta, un muro o una casa, quiere hacer del Mediterráneo un lugar racional, pero desde Auschwitz sabemos que no todo lugar racional es un lugar razonable.
Un tipo entierra a los muertos en un antiguo picadero para ahorrarse el coste de las cremaciones. Joder. No hay que irse a Bon Temps ni a “True Blood” para encontrar cosas raras. El primer capítulo de “Crematorio” termina con una montaña de huesos humanos mezclados con huesos de caballo. Es de noche. Y uno tiene miedo porque sabe que, cuando salga el sol, los vampiros de “Crematorio” no se van a ir a la cama.
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