Charlie, el simpático sinvergüenza (en la tele los sinvergüenzas suelen ser simpáticos, como los vendajes de los futbolistas son aparatosos o el espectáculo después de un incendio es dantesco) protagonista de la serie “Dos hombres y medio” (TNT), tiene razón cuando dice que nadie se acuerda de los barcos que no se hunden. Su hermano Alan, ese eunuco sin un gramo de dignidad, como le describe la tremenda Berta, apostilla así la reflexión de Charlie: “Cierto. Yo sólo me acuerdo de un dirigible: el Hindenburg”. El paso de los barcos a los dirigibles es legítimo porque el paso del “Titanic” (famoso porque se hundió) al “Hindenburg” (famoso porque se incendió) es tan legítimo como pasar de esos peces del Nilo que comen y digieren cualquier cosa que les entre en la boca (“El Nilo”, Odisea) a esos espectadores (me incluyo) que se sientan un domingo por la tarde en el sofá y encienden el televisor a ver qué echan. Pero como la tele no se parece ni a los trasatlánticos ni a los dirigibles, resulta que nadie se acuerda de los programas que se hunden, sino de los que llegan a puerto después de atravesar el Atlántico. Si un enorme programa cargado de hidrógeno se quema, nadie se acordará de él cuando haya muerto. La fama televisiva no se alcanza hundiéndose tras chocar contra un iceberg ni tras un accidente en la Estación Aeronaval de Lakehurst (Nueva Jersey), sino navegando y volando a su hora.

2 comentarios:
Como un reloj. Un artículo exacto.
Y los marcos son incomparables
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