
Anteayer aprendimos que es un error seguir a Descartes y tomar como verdaderas las corazonadas que se presentan tan clara y distintamente a nuestro espíritu que no hubiese ninguna posibilidad de ponerlas en duda. El criterio cartesiano de verdad saltó el viernes por los aires dejando claro que da igual que uno esté seguro de algo, que tenga una corazonada por muy íntima que sea, por muy subvencionada que esté o por mucho que diga “Yo creo, nosotros creemos” en inglés.
Es algo que ya habían dejado claro Marge y Homer Simpson:
- Homer, ¿Por qué no puedes aceptar que haya venido al baile con otra persona?
- Porque estamos hechos el uno para el otro. Normalmente cuando se me ocurre algo se me ocurren otras cosas a la vez; algo que me dice “sí”, algo que me dice “no”; pero ahora todo me dice “sí”. ¿Cómo puede ser que de lo único que he estado seguro en mi vida esté equivocado?
- No lo sé, pero así es.
En algo sí tenía razón Descartes: “Es prudente no confiar en nada que nos haya engañado alguna vez”. Fin de las corazonadas.
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