
Hace unos días, Cuatro tuvo la estupenda idea de reponer “La vida de Bryan”. Allí vimos de nuevo al carcelero de
Pilatos arrojando a
Bryan al fondo de la mazmorra. Bryan se siente el ser más desdichado del mundo, pero por encima de él un preso encadenado a la pared envidia su suerte y se queja del trato de favor que recibe del carcelero. Pues bien, en Nochevieja todos fuimos Bryan.
El fin de año nos arroja al fondo de la mazmorra televisiva y nos sentimos los seres más desdichados del mundo, pero por encima de nosotros hay quien está peor. Los telespectadores pudimos escoger con qué cadena atragantarnos comiendo las 12 uvas. Incluso pudimos repetir empapizamiento en La 1 y Antena 3 volviendo a comer las uvas con los canarios una hora más tarde. Pero los pobres habitantes de la Estación Espacial Internacional vivieron esa situación 16 veces. Qué horror. Nos miraron envidiosos desde casi 400 kilómetros de altura mientras atravesaban cada hora y media el huso horario que marca el inicio del Año Nuevo. Si 12 campanadas pueden causar tal conmoción en nuestras vidas, imagínense lo que supone vivir la experiencia de una sobredosis de 192 campanadas patrocinadas por una empresa que quiere aprovechar la ocasión para recordarnos cuánto nos ama, con su parejita de famosos sonrientes, con sus copas de cava, con sus cuartos, con sus campanadas, con sus consejos nerviosos, con su confeti, con
Ramón García brindando 16 veces al terminar. Ramón García, ese señor alrededor de cuya capa se construyó hace siglos el reloj de la Puerta del Sol y por eso nos lo encontramos siempre allí, inevitable como la muerte.
Y antes y después de las campanadas, programas especialmente empaquetados para la ocasión. Apenas tirabas del lazo para deshacer el paquete y salía mucha gente, muchísima, cantando. Y mucha gente, muchísima, bailando. Todos felices de cantar y bailar. Y los que cantaban también bailaban. O por lo menos brincaban. Saltaban de una cadena a otra y daba igual que los esquiváramos en una cadena porque luego aparecían en otra cantando lo mismo o algo que se le parecía mucho. Y los presentadores de cada cadena poniendo cara a la marca de la casa. Esforzándose en recordarnos para quién trabajan cuando nadie lo recuerda tras tanto cambio de canal en sus carreras profesionales y en el mando a distancia nuestras casas.
Porque si algo es la Nochevieja televisiva, es un inmenso
zapping. Esa noche los audímetros dan dos perfiles: los televisores que siempre sintonizan el mismo canal porque no los mira nadie y los televisores donde hay alguien mirando y no para de hacer
zapping hasta que se va a dormir sin haber visto nada durante más de un minuto seguido. Por eso resultó vano que Cuatro emitiera un programa de
zapping: por innecesario o por redundante. La 2 emitió un reportaje que ya habíamos visto, La 1 una macedonia en la que se agradeció encontrar un trocito de
Alfredo Díaz.

Y La Sexta dedicando la noche a pasar un inmenso promo de “Buenafuente”, su mejor programa, primero con imágenes inéditas, luego en un refrito. No creo que les funcionara: quienes lo siguen ya lo habían visto y quienes no lo siguen no lo querrían ver. Valió, eso sí, para que los cuatro gatos que tenemos a
Buenafuente en un altar (y a
Berto como su profeta), pero no siempre cumplimos el primero de sus mandamientos, empezáramos el año con el propósito de visitar su templo más a menudo. Otro propósito al montón de las buenas intenciones. Antena 3 nos colocó un musical sobre Abba que nos recordaba cuánta música hortera escondía aquella
jukebox que un día desapareció sustituida por un comecocos en la sala de juegos en la que nos pasábamos las tardes comiendo pipas. Mamma mía, ¿cómo era aquello de las segundas partes?
Pero el mayor homenaje a las segundas partes fue el especial que la mitad de “Cruz y raya” se hizo a sí mismo. La mitad de “Martes y 13” ya hizo lo mismo en Nochebuena en compañía de
Flo. Al menos
José Mota tuvo el buen gusto de no aliarse con el alto del “Dúo sacapuntasAhora nos queda averiguar cuál de los “Los Morancos” iniciará primero su carrera en solitario y si se separará el gran imitador del malísimo guionista que forman el dúo “Carlos y Latre". El resultado del programa de Mota fueron cien versiones del mismo
gag:

hay crisis, todo está muy caro, hay crisis, no tenemos un duro, hay crisis, hay que ahorrar de todas partes y hay crisis. Sí, fue una hora cansina, como él dice, pero no nos quejemos. En la Estación Espacial Internacional,
Yuri Lonchakov,
Sandra Magnus y
Michael Fincke pasaron por encima de esa hora 16 veces antes de tomar 192 uvas cada uno. Seguramente hubieran preferido la crucifixión.